Coloca pies firmes, una mano en el abdomen y otra en el pecho. Inhala por la nariz contando cuatro, exhala en seis, tres ciclos. Luego, liberaciones cervicales: inclinaciones suaves laterales, círculos lentos de hombros y mirada que dibuja un ocho en el aire. Evita comprimir la nuca y suelta la lengua del paladar. Siente cómo el aire abre costillas altas y el cuello recupera espacio. Termina con un suspiro largo, dejando caer hombros, para marcar un cambio de marcha hacia la claridad y el enfoque.
Entrelaza dedos, empuja palmas al frente y redondea la espalda alta, respirando hacia los omóplatos. Luego, palmas arriba, abre el pecho en diagonal sin colapsar la zona lumbar. Realiza rotaciones torácicas pequeñas sujetando el respaldo, mirando por encima del hombro con suavidad. Añade elevaciones de hombros al inhalar y caídas pesadas al exhalar para liberar tensiones. Mantén la pelvis neutra, glúteos relajados y cuello largo. Cada repetición invita a la caja torácica a expandirse, mejorando el ánimo y la coordinación entre respiración y postura.
Cruza un tobillo sobre la rodilla contraria y flexiona suavemente, manteniendo espalda larga. Cambia de lado. Luego, círculos de muñecas y extensión ligera de dedos para refrescar manos. Finaliza con higiene visual: mira un punto lejano por diez segundos, luego un objeto cercano, repite. Parpadea intencionalmente para humedecer ojos. Bebe un sorbo de agua, acomoda la pantalla y nota la diferencia: cuerpo más liviano, pensamiento más claro. Lleva esa sensación a tu próxima tarea, sin prisa pero con decidida presencia y atención sostenida.